RIO Helados
Una historia de esfuerzo y determinación.
Cuando Miguel Ríos era apenas un niño, su hermana se casó y se mudó al barrio de La Florida. Ella y su marido entablaron una gran amistad con su vecino de al lado, Don Pedro Peñas, quien ya se dedicaba a la fabricación de helados en calle Ricardo Núñez.
La amistad duró muchos años, compartían la pesca y otras aficiones. Un día, cuando tenía 20 años, Miguel le dijo en broma a Don Pedro: “¿me enseñás a hacer helado que me pongo una heladería?”. Don Pedro lo tomó en serio y le tendió una mano para comenzar el proyecto.
Era el año 1966. “Me perdí el viaje de estudios por poner la heladería”, cuenta Miguel. “Me fui a San Lorenzo con esa ilusión a buscar locales. Plata no había. El único capital era una motoneta que había comprado hacía poco”.
A su cuñado también le gustó la idea y decidieron asociarse. “Él vendió el auto y yo vendí la motoneta”, relata Ríos. “Don Pedro nos consiguió facilidades de pago en una fabricadora Siam con 6 tubos al costado, todo refrigerado a calcio. Un amigo camionero nos acompañó a buscarla a Totoras”.
Ya equipados, los socios se instalaron en un pequeño local ubicado en San Martín y 9 de Julio de la localidad de San Lorenzo. Más tarde se trasladaron a la esquina. “Se llamaba San Remo”, cuenta Ríos. “Empezamos a trabajar muy bien, pero en el año 67 le dejé el negocio a mi cuñado y me abrí porque empecé a trabajar en Cerámica San Lorenzo, donde gozaba de un buen sueldo”.
Sin embargo, Ríos estaba obsesionado con poner una heladería en Rosario e instalarse allí. Un año después estaba cumpliendo este sueño, con la heladería Lavalle en la esquina de la calle homónima y Urquiza. Mientras tanto, seguía trabajando en San Lorenzo, lo que implicaba viajar todos los días.
“Una tarde, yo tenía que ir al centro y agarré el viaducto Avellaneda que recién se había construido”, relata Ríos. “Tenía que agarrar San Lorenzo pero me equivoqué y seguí de largo hasta Mendoza. Me puse a pensar que era una buena calle para poner una heladería, muy concurrida, así que pasé a visitar a mis tíos que vivían por ahí y se los comenté”.
Apenas una semana después, Ríos recibió una llamada de su tío, quien le informó que se alquilaba un local en una esquina donde solía haber un bar: Mendoza y Constitución. El lugar perfecto.
“El precio era muy alto. Mi tío me ofreció salirme de garantía. Cerré los ojos y dije, acá no puedo fallar”, explica Ríos, reviviendo el momento en que tomó la acertada decisión. “Era la pasión por el helado y ese entusiasmo de joven: yo tenía alrededor de 26 años”.
En el año 72 se inauguró la flamante heladería: un éxito rotundo. Miguel pudo permitirse renunciar al trabajo en San Lorenzo. En verano vivía con los ingresos de la heladería y en invierno se dedicaba a la también exitosa venta de churros y tortas fritas en el mismo inmueble. Se acercaba el fin del contrato y el dueño le ofreció la opción de compra. “La oferta tenía un plazo que estaba llegando a término y yo todavía no conseguía la plata, no podía dormir”, rememora Ríos. “Al final un amigo me ayudó a conseguir un crédito”.
“Cerré los ojos y dije, acá no puedo fallar. Era la pasión por el helado y ese entusiasmo de joven”
A partir de ese momento, comenzó la etapa de remodelación y modernización de la heladería. “Los proveedores se portaron muy bien conmigo”, cuenta Miguel, agradecido. “Me daban facilidades de pago. De no ser así, no sé cómo habría hecho. De a poquito fui saliendo de las deudas, se vendía muy bien”.
No pasó mucho tiempo antes de que el nombre de la heladería fuera modificado a Río. “La gente piensa que se lo puse por mi apellido”, se ríe Miguel. “En realidad, yo soy Ríos con S. Le puse el nombre porque toda la vida me gustó el río”.
En 1993, Ríos decidió embarcarse en la compra de otra heladería. “Un día pasé por la esquina de Pellegrini y Pueyrredón y vi que se vendía un local allí. Muchos me dijeron, por acá no camina gente. Pero yo pensaba que al menos había lugar para estacionar, que en otras partes de Pellegrini era más complicado. Además, me gustaba que estuviera bien en frente del Parque Independencia. Finalmente, me decidí a comprarlo”.
La heladería mantiene hasta el día de hoy muchos de los empleados de los comienzos. La más antigua de ellos está desde el año 73. Por su parte, Miguel Ríos estuvo activo hasta los 70 años, momento en que decidió alquilar las dos sucursales.
Unos años después, su hijo Andrés, quien residía en Italia, decide volverse y toma el mando de la heladería. “Hoy Río tiene muchas más sucursales. Andrés es un tipo muy emprendedor y muy capaz”, dice orgulloso Miguel. “Mi único trabajo hoy es probar los helados a ver cómo salen, una especie de control de calidad. Hay gente que ni se da cuenta la diferencia entre el helado artesanal o industrial pero hay muchos que sí saben tomar helado, que saben distinguir, como hay gente que sabe distinguir un vino bueno y gente que no. Yo cuando pruebo los helados me doy cuenta si le falta algo y hablo con los fabricantes. Tratamos de ofrecerle a la gente lo mejor posible”.
En 2010, Miguel se jubila, dejando a sus hijos a cargo del negocio. La labor de los descendientes dio lugar a un proceso de expansión, llegando a abrir en 2013 una sucursal en Fisherton Plaza, en 2017 en City Center y en 2018 en Paso del Bosque.
Además, se realizó un cambio de planta para unificar depósito y administración en un mismo espacio de 850m2, logrando así una mejor productividad.
“A futuro, tenemos el objetivo de posicionar la marca aún más, llevando el helado a la mayor cantidad de gente posible”, cuenta Andrés Ríos, quien actualmente se encarga de la heladería a la vez que ejerce sus funciones como presidente de CICHA.
